miércoles, 13 de junio de 2012

Espejos de fatal esencia


Las manos manchadas de pintura, ahora inertes, cansadas. Aún húmedas. La respiración agitada, mirada al frente. Perdida. Resuena en su cabeza la palabra una y otra vez hasta que el sonido de sus sílabas debería extraviar todo significado. Pero retumba hasta estallar, y lo hace cobrando el sentido traidor que la conduce a un incomprensible sinsentido, en el que todo y nada encuentran y mezclándose con pintura y lágrimas dibujan realidades que olvidamos ciegos, al girar la cabeza hacia aquellos que asintieron diciendo que hacíamos lo correcto. Engendra mundos desde sus entrañas que no estafan con fantasías de cuento, que destiñen los colores vivos que nos echaron encima sin orden aparente ni sentimientos creadores. Falsedad es lo que queda.
Aparta las mentiras exhausta con un poco de blanco. Es el negro su herramienta principal, el protagonista de sus obras, que construye y consume formas y figuras difusas. A veces se mezclan grises rectilíneos de grumosa monotonía. Realidad. Oprime el pecho la rabia de un carmín intenso. Y grita y esparce, agita, araña, gime, fluye, duele. Y duele mucho. Lágrimas de oquedad absoluta, vacíos dementes que siempre estuvieron ahí. Insano.
Ella cae exánime de rodillas, inundados los ojos que no parpadean al sumergirse en el lienzo que la observa enfrente, a lo alto, presenciando su desdicha. A veces se pregunta quién de los dos es el que crea, sin saber como responderse ante el nuevo mundo que reflejan sus ojos. ¿O son las pinturas con sus ojos sus espejos? Su majestuosa condena tortuosa, su infierno particular. Pero, al fin y al cabo, su fatal esencia.

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